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Exclusivo para elecciones
Pablo lió un
cigarro, lo encendió, aspiró y pensó en mañana. Día de elecciones. Hace cuatro elecciones
que Pablo va a votar con El Chiche.
Con El Chiche y su
camión.
¿Viste que los días de
elecciones son distintos? Tratando de no caer en
la retórica, ni hurgar mucho en lo abstracto: es como si los espíritus
errantes de los caudillos ancestrales, emergieran enrareciendo el
aire, y crearan una atmósfera expectante y ansiosa, donde cada
Oriental siente que pone el corazón en las manos, invistiéndose de
poder. El poder único, ilimitado, paradójico y real de ejercer la
“demo-cracia”. Este clima corre por
las calles; trepa por árboles, columnas y edificios; se desliza dentro
utilizando puertas, ventanas y chimeneas. El barrio,escupe
propaganda política en cada esquina, y hasta los niños, desde su
inocencia toman partido por algún candidato.
Pablo como todo su
entorno se siente distinto hoy. Un poco “raro” y sobre todo: ansioso.
Sus tres décadas
bohemias y juguetonas, parecen abandonarlo, y aflora el varón de
antaño que le legaron sus mayores; serio, circunspecto, cargado del
machismo característico de los albores de la república, cuando votar
era un ritual donde no había lugar para la mujer, suegra o especies
análogas. Por eso las llevó muy
temprano. Las acompañó solícito, pero, un poco impaciente, a cada lugar
donde les correspondía votar. Cuando hubo cumplido
con todos, controló mecánica e innecesariamente dentro de su
inseparable morral; palpó los bolsillos de su pantalón nuevo, para ver
si llevaba la credencial.Todo en orden. Disimulando su
impaciencia, armó un cigarro. Sentado, con la espalda
encorvada, los codos apoyados en las rodillas y los dedos liándo con
experiencia, era la prueba feaciente de que el gaucho oriental, que
galopaba maloneando cerros, no desapareció, sino que vive en pequeños
apartamentos, en pequeñas casas, en pequeños sueños, donde descansan
sus raíces olvidadas entre la cibernética y las urgencias de la vida
moderna. Con mate y termo en
mano,le dió un beso a su mujer en la frente y partió. Antes de abrir la
puerta, se giró para mirarla, respiró profundo y dijo grave,casi
solemnemente:
- Me voy a votar.
Y allá va el
Pablo, resuelto, pisando fuerte. Convencido de que esto
es “cosa de hombres”,y que el “hombre”,debe ir a votar solo,o con
otros hombres, para evidenciar la magnitud del acto que lleva a cabo. Frente al taller lo
espera su compañero. El Chiche. El viejo del
barrio. Personaje pintoresco. También se puede
decir: viejo y pintoresco como el barrio;o tal vez: pintoresco
viejo, personaje del barrio. No importa, han crecido juntos, el viejo y el barrio; y
fueron enmarañando raíces al compás de la caída de los eucaliptus
del Campo Español, que dieron su vida,para que surgiera la Villa. El taller era el
centro del barrio. Todos se encontraban ahí para cantar las buenas
nuevas y llorar las malas. Pasado de generación en generación, la
tradicción dictaba que ese punto de encuentro fuera escencial para
la comunicación y/o entendimiento (discusiones o no mediante) de los
vecinos. El Chiche creció en el
taller, como su padre y como su abuelo. Era un “vago”simpático
y cordial. No en el sentido etimológico de la palabra, sino en el
mejor sentido de alegre compañerismo. Era el líder de la
barra, y envejeció líder, casi sin darse cuenta. Y tal vez por eso, aún
sigue siendo”de la barra”. De todas las barras. De las de entonces, de
las que vinieron después y de las de ahora. Tiene 3 camiones el
Chiche. Alineados dentro del
taller, pero,”su camión”es: “el camión”.
Chevrolet del ’58.
Su añejo motor
funciona aún, estimulado por los extremos cuidados que le prodiga su
dueño, pero en realidad, ese cansado corazón de hierro pistonea el
ocaso de sus postreros días. El hombre siente
galopar por su cuerpo un extraño cosquilleo, sus terminales
nerviosas, pugnan por salir piel afuera. Son sentires que solo lo
ganan los días que debe sacar “su camión” al mundo. La noche que
precede al evento no puede conciliar el sueño. Amanece
felíz, exitado, eufórico. Ahora, espera
impaciente la llegada de su amigo. El camión sigue dentro, no lo saca
hasta último momento, porque el polvo empaña facilmente el niquelado.
Su principal
preocupación es: un perfecto aspecto,...y que funcione.
Todo el barrio
sabe, que hoy es el día que el viejo, saca a la calle su camión.Todo debe salir
bien. Por el prestigio de los dos. Al fin ve acercarse a
Pablo, y al mismo tiempo, a un vecino que le pide ir con ambos. Se miran sin saber que
decirse, después de un momento, el Chiche ceremoniosamente, marcando
cada movimiento, como siguiendo un rito solemne, abre de par en
par las puertas del taller, y enseguida se pierde en su interior. No tarda en llegar
hasta la calle un alagre ronrroneo que avanza. Emerge desde la
profundidad, la trompa enorme, brillante de azul y níquel.
Magnífica,i mponente, orgullosa y felíz como el Chiche, que desciende
henchido y eufórico, cerrando cuidadosamente la puerta. Le dá dos o
tres palmaditas en el capó y le llega la sonrrisa metálica y el
guiño del señalero. Con parsimonia, sin
emitir palabra pero tácitamente de acuerdo, los tres hombres arman
sendos cigarros. Al subir al camión lo
hacen rápido, orillando el miedo de que en algún momento, este se
olvide de ronrronear.
Y parten. Felices los
cuatro.
Al regreso, los
acompañantes, previo agradecimiento por el honor, descienden a la
entrada del taller; el Chiche y su camión desaparecen en su
interior.
-¡ Muy bien, mi
amigo,misión cumplida! -le dice a la máquina-
Y como para despuntar
el vicio, empieza a pulirlo, mientras agrega:
-Bueno, ahora
tranquilo, que despacito, empezamos a prepararnos para la próxima
elección.
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